lunes, 31 de diciembre de 2012

13. Año nuevo.

Aún amanecía en la casa de la familia Weasley y todo se mantenía en un agradable silencio. El sol comenzaba a salir poco a poco y el cielo iba tomando un poco más de luminosidad. Todos dormían y, el canto de los pájaros, apenas llegaba a ser tan notorio para los Weasley.
Sin embargo, algo perturbaba el sueño del joven Potter. Sacudía su cabeza de un lado a otro y, entre dientes, llegaba a decir palabras como: ¡déjame! ¡No! ¡Yo no! ¡Aléjate de mí!
La almohada estaba empapada del sudor que producía el muchacho, inconscientemente.
Su respiración se hacía más acelerada y abrió sus ojos.
-¡EXPECTO PATRONUM!- gritó, al sentarse en su cama.
En ese momento, aparece el ciervo, Patronum de Harry y mira hacia el chico.
Harry se da cuenta de que todo fue un sueño y mira a su patronum.
-¡Harry, ¿estás bien?!- se sobresaltó el joven Weasley.
El patronum desapareció por completo y Harry tapó su cara con sus manos mientras apoyaba los codos en sus rodillas.
-¿Qué ha pasado? ¿Una pesadilla?- preguntaba Ron, mientras se dirigía a su amigo.
-Era horrible... Yo... Soñé que estuve en Azkaban... Y que escapé de allí...- murmuraba el joven Potter, temblando.
El joven Weasley estaba asustado y preocupado, ¿qué le pasaba a Harry? Desde que apareció su cicatriz, solo le ha causado problemas y pesadillas...
-¿Todo va bien? Hemos oído cómo convocaban un Patronum- decía Hermione, con su abornoz y sosteniendo su barita.
Se había asustado al oír a su amigo convocar su Patronum.
-¡Harry, ¿qué te ocurre?!- preguntó Ginny, mientras corría a su lado.
-Estoy bien, solo fue una pesadilla...- intentaba calmar el chico con una sonrisa.
Sus ojos estaban cansados y su piel estaba pálida.
-Harry, aunque haya sido un sueño, has convocado a tu Patronum y ha salido sin más...- decía Hermione, bastante extrañada.
-Sí, lo sé... Es normal, si invoco a mi Patronum, éste aparece- dijo Harry, con normalidad.
-No, Harry. Convocaste a tu Patronum, pero no tenías tu barita en mano, ¿cómo pudo aparecer si no poseías tu barita? Eso es imposible y... Mucho más ahora, viniendo de ti- aclaraba Hermione, muy preocupada.
Harry tragó saliva y descendió su mirada. No sabía cómo podía explicar lo que le estaba pasando, porque ni él sabía lo que le ocurría...
-¡¿Qué está pasando aquí?!- preguntaba, muy asustada, Molly Weasley.
-¡Solo son las seis de la mañana y ya estáis despiertos!- se quejaba Arthur Weasley, sin apenas abrir sus pequeños ojos.
-¡¿Ya son las seis?! ¡Por las barbas de Merlín!- gritaba la señora Weasley, mientras ponía sus manos en la cabeza.
Se les había hecho tarde para prepararse e ir hacia la estación de trenes.
-¡Oh, Molly! ¿Tenías que gritar así?- sollozaba el señor Weasley.
Tanto Ron, como Hermione y Ginny, miraron con preocupación a su buen amigo Harry.
Prefirieron no comentarles nada a los padres de los dos pelirrojos, porque sabían a quién debían de acudir antes.
Las cosas empeoraba por sí solas y no parecían dejar un plazo de tiempo para la siguiente. Los jóvenes magos, habían caído en la conclusión, de que no les habían mentido.
Harry y Hermione, habían recordado la advertencia que les dio Draco Malfoy antes del día de su juicio.
Corrían peligro y debían de huir con Harry, pero ¿por qué? ¿A dónde? Si hubieran escuchado a Draco, tal vez, hubieran evitado estos problemas. Ahora, más que nunca, se convencían de que debían de sacarlos de aquel lugar y colaborar para ayudar a Harry...
Ya tenían claro que, el chico Slytherin, decía la verdad. Todas estas cosas, pensaba la joven Granger, mientras leía el periódico mágico en el vagón del expreso a Hogwarts.
-Ahí no viene nada sobre Malfoy, pierdes el tiempo- murmuró Ron.
-Lo sé... Sin embargo, no pierdo la fe de hallar alguna cosa que nos diga cómo están los Malfoy- respondió la muchacha, mientras miraba a su pareja.
-Me siento culpable, la verdad- confesaba la joven, mirando hacia el paisaje y dejando el periódico a un lado.
-Tú no has tenido la culpa de nada, Hermione. ¿Cómo ibas a saber que los iban a condenar a muerte? Ni si quiera, Harry, sabía algo así- intentaba animar el joven pelirrojo.
-Lo sé...- concluyó la muchacha, recordando que, éste, no sabía nada de la advertencia de Draco y mucho menos, lo del beso.
De repente, la puerta de su vagón se abrió y apareció una muchacha de pelo negro y ondulado; recogido con una trenza; sus medianos ojos verdes, casi parecían brillar; su piel era blanca y tersa; tenía pecas que invadían su pequeña nariz y pertenecía a la casa Gryffindor.
-Disculpad, ¿puedo sentarme con vosotros? Es que, apenas hay sitio- dijo la joven, con una tímida sonrisa y una voz suave.
-Claro, pasa- dijo Ron, mientras se acercaba más a Hermione, para dejarle sitio a su nueva compañera.
-Eres nueva, ¿verdad? Es que no me suena de haberte visto por la escuela- decía Hermione, con una sonrisa.
-Sí, mi nombre es Jessica Simmons. Encantada de conoceros- respondió con esa sonrisa tímida y ofreciendo su mano.
-Yo soy Hermione Granger y él es mi novio, Ron Weasley- decía la joven Granger, mientras correspondía al saludo.
-Es un placer...- concluyó la muchacha, un poco más animada.
En ese momento, llegan Harry y Ginny, que habían ido a comprar algo para comer durante el viaje.
-¡Vaya, si eres Harry Potter! ¡Encantada de conocerte! Soy una admiradora tuya... ¿Podrías firmarme un autógrafo?- se sorprendió Jessica, al reconocer al joven Potter.
Se había puesto en pie y, de su túnica, sacó un pequeño cuaderno de notas y un lápiz algo viejo.
-Em... Vaya, gracias, pero yo no...- intentaba explicarse el muchacho, un poco impresionado por la emoción de la joven.
-Oh, lo siento. No me he presentado... Mi nombre es Jessica Simmons y vengo de Nueva York, soy mestiza y este es mi primer año en Hogwarts. Antes estudiaba en una escuela de Nueva York... Pero mi papá se trasladó aquí y ahora me he cambiado de escuela- explicó la joven, un poco más calmada de su euforia.
-Vaya, pues, mucho gusto... Deja que te presente, ella es Ginny Weasley, mi novia...- se entrecortaba el joven, ya que, estaba tímido ante Ginny.
La joven Weasley se había puesto celosa, pero intentó no hacerlo notar y sonrió a Jessica.
-Es un placer conocerte. ¡Menuda suerte tienes de salir con un chico famoso!- se alegraba la joven Simmons.
-Sí...- murmuró Ginny, aún controlando sus celos.
Hermione y Ron se habían mirado mutuamente. Se habían percatado de la tensión que había en ese momento, aunque, por fortuna, no llegó a ninguna parte.
Se mantuvo la calma hasta llegar a Hogwarts. Finalmente, el tren se había detenido y los prefectos guiaron a los alumnos de primer año hasta la escuela, seguidos del resto de estudiantes y de Hagrid, el guardabosques.
-¡Harry, Ron!- exclamaba Neville, mientras agitaba su mano.
-Vaya, Neville, ¿cómo estás?- preguntó Ron, mientras saludaba a su amigo.
Los tres jóvenes Gryffindor comenzaron a andar y hablar de las vacaciones que había pasado cada uno.
Mientras Luna abrazaba a Ginny y a Hermione.
-Estoy un poco nerviosa... Este curso es más difícil y sé que me va a costar- decía Luna, mientras caminaba con sus dos mejores amigas.
-Tranquila, podemos estudiar juntas- animó Hermione.
-Esto... Hola...- decía tímidamente Jessica.
-Oh, vaya, perdona... Luna, ella es Jessica Simmons. Jessica, ella es Luna Lovegood- presentó la joven Granger.
-Encantada de conocerte... ¡Vaya, tienes el medallón del ojo de gato!- se sorprendía la joven, mientras miraba el colgante que llevaba Lovegood.
-Sí. Vaya, no sabía que alguien pudiera conocer este colgante... ¿También llevas uno?- se animó Luna, ya que, le encantaba hablar de sus colgantes extraños.
Las dos jóvenes comenzaron a caminar hacia la escuela y compartiendo anécdotas de esos colgantes tan raros.
-Te lo juro, Hermione, no me gusta esa chica- murmuraba Ginny, un poco preocupada por Jessica.
-Me he dado cuenta del por qué. Vamos, Ginny, Harry te quiere y no se fijará en otra chica que no seas tú- tranquilizaba Hermione, muy comprensiva.
-Sí, lo sé. Pero no me fío de ella...- seguía desconfiando la joven Weasley.
Un nuevo año había comenzado y todo parecía mantener la normalidad; sin embargo, en una de las celdas más oscuras de la prisión de Azkaban, el joven Draco intentaba evitar los gritos desgarrados del dolor que le producía los latigazos que le propinaba uno de los carceleros.
El látigo era largo y negro, tejido con piel de dragón. Las cicatrices que se habían cerrado en la espalda del muchacho, por causa de esos latigazos, volvieron a abrirse y dejando paso a otras nuevas.
La sangre inundaba la espalda del chico y, el carcelero, cesó el castigo.
-Suficiente por hoy- gruñó éste, mientras desataba las manos de Draco, que habían sido atadas a un poste.
El chico estaba exhausto y su cuerpo temblaba frecuentemente.
Una vez, desatadas sus manos, se arrodilló en el helado suelo de piedra e intentaba aguantar el dolor de sus heridas.
Estaba sucio y con los pantalones que le habían obligado a ponerse en la cárcel. Eran largos, negros y algo viejos. Tomaron sus manos y lo condujeron hasta la incómoda pared de bloques y le encadenaron.
Sus lágrimas no salían, pero tampoco las deseaba en ese momento. Le habían puesto en una celda a solas, como a su madre y a su padre. No sabía nada de ellos, pues los habían separados.
El joven mago solo pensaba en una cosa y, por primera vez, decidió susurrarlo con sus rasgados labios, debido a la sequía.
-Me lo merezco... Me lo merezco... Granger- logró decir, en voz muy baja y entre dientes.

DRACO MALFOY

HERMIONE GRANGER

HARRY POTTER, RON WEASLEY Y HERMIONE GRANGER

LUNA LOVEGOOD Y GINNY WEASLEY

EXPECTO PATRONUM DE HARRY POTTER

HOGWARTS

EXPRESO DE HOGWARTS





12. Parsel.

En la Madriguera, todos estaban sorprendidos al ver el comportamiento que había obtenido Ginny Weasley hacia Pansy Parkinson. Sabían que, la joven, era valiente; pero nunca se habían percatado de su mal genio...
-¡Es que no quería oír cómo insultaba a Harry! ¡No es justo!- se indignaba Ginny.
-Cariño, lo entiendo perfectamente, pero no debiste de haber entrado en su juego...- aconsejaba Molly, aún seria.
-Pero, ¿por qué te peleaste con Parkinson? Me ausento un momento y mi hermana se pelea... Qué fuerte- dijo Ron con una sonrisa de admiración.
Todos le miraron muy serios y, éste, entendió que no era el momento oportuno para alardear de algo así.
-Ginny, sabemos que es injusto y que debió de comportarse... Sin embargo, te has equivocado en la manera de decírselo- explicaba la señora Weasley, ya mirando a su hija.
-Lo sé, pero es muy injusto. ¿Qué harías tú?- intentaba defenderse la muchacha.
-Ignorarla- concluyó Molly, incorporándose y dirigiéndose a fregar los platos.
Ginny suspiró mientras negaba con la cabeza, pero prefirió no decir ni una sola palabra más.
-Ginny, te agradezco lo que has hecho... En serio, pero no me gustaría que te enfrentaras a Parkinson por mi culpa...- le susurraba Harry, con una mirada de ternura.
Ésta le miró y sonrió con cariño.
-Me importas mucho, Harry- confesó la joven, en voz baja y con esa mirada llena de amor.
Harry le dedicó una dulce sonrisa y asintió con la cabeza.
-Esto, Hermione, ¿y por qué se pelearon? ¿Solo porque insultó a Harry?- murmuraba Ron a su compañera.
-Insultó a Harry a voces, llamándole asesino... Hasta a mí me estaba poniendo de los nervios... Pero si queremos hacer las cosas bien, es mejor ignorar las tentativas de Parkinson- le explicaba la joven, en voz baja.
Todos estaban un poco tensos con todo lo que les había pasado, aunque intentaban sobrellevarlo con más normalidad.
Ya llegada la noche, en la habitación del joven Weasley, Harry meditaba en ese hombre que intervino aquella mañana en el callejón Diagon.
El chico estaba sentado en su cama, mientras leía un libro de hechizos que le había prestado su amiga Hermione.
Sin embargo, poco atendía a lo que leía, ya que solo podía pensar en aquel hombre... Reason.
-Harry, ¿estás bien? No has dicho nada en toda la tarde. ¿Estás pensando en lo que pasó con Ginny?- se preocupó Ronald mientras cerraba su libro de pociones.
-No... Más bien, en el maestro que detuvo el enfrentamiento... Reason- contestó éste.
-¿Reason? ¿Y quién es ese?- dijo, mientras ponía una cara dubitativa.
-Parece ser, que será un profesor nuevo en Hogwarts... Pero me suena de haberlo visto en otro sitio- intentaba recordar Harry.
-Vaya... Cada vez se nos suman más cosas. Dentro de poco, Hogwarts deberá pagarnos por este trabajo extra- burló Ron.
Harry comenzó a reír y, por un momento, ya no le preocupó tanto ese profesor.
Mientras tanto, en la habitación de Ginny Weasley, la joven Hermione practicaba un hechizo de Hipnosis.
-Hipnosis- murmuró Hermione, muy decidida y apuntando hacia la torpe lechuza de los Weasley.
-Errol, ve a la cocina y toma el cucharón de madera, luego tráelo hasta aquí- ordenó Hermione, intentando hablar claro y suave.
La nocturna ave agitó sus alas y salió por la ventana, para entrar en la cocina y tomar el cucharón que se encontraba encima de la mesa.
Ginny dejó abierta la ventana de la cocina y dejó el cucharón en la mesa. Estaba esperando a ver si, el hechizo, funcionaba en la torpe ave. Como si de un milagro se tratara, Errol no tropezó con nada, tomó el cucharón y salió de la cocina por la ventana.
La joven Weasley estaba asombrada y subió, corriendo, hasta su habitación.
Cuando abrió la puerta, se encontró a la joven Granger tomando el cucharón.
-Gracias, Errol. Vamos, despierta- volvió a ordenar Hermione.
La lechuza, como si despertara de un sueño, sacudió su cabeza y salió volando por la ventana; aunque, había chocado con el cristal de la ventana.
-Sí, ha despertado...- dijo Ginny, mientras cerraba la puerta.
La lechuza volvió a retomar su camino hasta una de las ramas del árbol que había enfrente, para dormir.
-Hermione, ¿crees que lo hice mal?- se lamentaba la muchacha, mientras se sentaba en su cama.
-¿Defender a Harry? Si no lo hacías tú, lo haría yo... No has hecho nada malo, solo que no era el momento- animaba Hermione, mientras se sentaba en la silla del escritorio y pasaba la página de su libro de hechizos.
-Lo sé, pero todo el mundo miraba mal a Harry y yo no podía permitir que eso pasara... Bastante mal lo lleva ya con su cicatriz- se entristecía Ginny.
-Tus intenciones fueron buenas, Ginny y, Harry, lo sabe- consolaba ésta, mientras se sentaba al lado de la joven Weasley y tomaba la mano de ésta.
-¿Sabes? A noche, Harry y yo estábamos leyendo un libro de hechizos... Estábamos intentando aprender un hechizo de Peso Ligero, cuando volvió a sentir el escozor de su cicatriz...- narraba la muchacha, con un semblante de preocupación.
-¿Volvió a escocerle?- se sorprendía la joven Granger.
-Sí y no pude hacer nada... Era leve, según él; pero me dolía ver como volvía a tener esa maldición en su frente- confesaba Ginny.
-Entiendo...- murmuró Hermione, mientras bajaba su mirada, pensativa.
-Lo más extraño, es que luego me habló en Parsel- recordó la joven Weasley, mirando más atentamente a Hermione.
-¿Cómo? ¿En Parsel? ¿Por qué?- se extrañaba más ésta.
-No lo sé... Pero luego, dejó de hablar en Parsel y me habló normal... Como si nada hubiera pasado y no recordaba haberme hablado en Parsel- decía más en voz baja la joven pelirroja.
Hermione quedó muda del asombro y comenzó a pensar en qué podría ser, pero no lograba hallar nada. Debían de sacar a los Malfoy cuanto antes y averiguar si saben algo sobre lo que le pasaba a Harry... Sentían como si se les estuviera acabando el tiempo.
¿Qué sería lo que le estaba pasando a Harry? 

RON WEASLEY, HERMIONE GRANGER Y HARRY POTTER

DRACO MALFOY, PANSY PARKINSON, LUNA LOVEGOOD, GINNY WEASLEY, NEVILLE LONGBOTTOM, RON WEASLEY, HARRY POTTER Y HERMIONE GRANGER

POCIONES

COCINA DE LA CASA WEASLEY, LA MADRIGUERA





11. Nuevo mago en el callejón Diagon.

Varias semanas habían pasado ya y solo faltaba un día, para el comienzo de las clases.
Los cuatro jóvenes magos, se habían dedicado todo este tiempo en leer varios libros de magia y pociones, intentando aprender varios hechizos que pudieran ayudarlos a liberar a los Malfoy.
Podría ser una locura o tal vez no... Lo que deseaban era que, los Malfoy, pagaran todas y cada una de sus malas acciones; pero, lo que no esperaban presenciar, era la sentencia de muerte que se les había otorgado.
Sin embargo, en este último día de vacaciones, los cuatro jóvenes Gryffindor, dejaron todo su trabajo para acudir al callejón Diagon y comprar los materiales nuevos.
A Hermione le apasionaba ir a comprar sus libros nuevos, sus plumas de escritura, los pergaminos nuevos... Un sin fin de material mágico. Mientras que, a Ron, solo le gustaba la tienda mágica de broma de su hermano George Weasley.
Después de que, Fred Weasley, muriese en la última batalla contra Voldemort, George se encargó de llevar la tienda él solo.
De vez en cuando, Ron iba a ayudarlo, pero su hermano mayor se enfadaba con éste; porque aún no había superado del todo algunas cosas que había vivido junto con su hermano gemelo.
Los cuatro jóvenes, se quedaron mirando el exterior de la tienda, pues no se atrevían a entrar y dar con él.
-Bueno, continuad vosotros con las compras... Yo intentaré ayudar a George- murmuró Ron, mientras se despedía de sus compañeros y amigos.
-¿Quieres que os ayude?- se ofrecía Harry.
-No, mejor no... Aún no sé de qué humor estará hoy...- concluyó el joven Weasley, un poco desanimado y dirigiéndose a la entrada.
Harry, Hermione y Ginny no objetaron nada más y continuaron su camino hacia la tienda de libros mágicos.
-Nunca pensé que estuviera tan mal...- dijo Harry, un poco cabizbajo.
-Aún se nos hace duro el ver a George tan... Solo...- explicaba Ginny, bastante triste.
-George es muy valiente. Él sigue adelante con la tienda y, eso, requiere mucho valor...- animó Hermione.
Los dos jóvenes asintieron con una sonrisa de agradecimiento.
En ese momento, se encuentran a dos compañeros muy difíciles de olvidar.
Eran Neville Longbottom y Luna Lovegood. Paseaban por el callejón con varias cosas de material escolar y hablando muy animadamente.
Hasta que, ambos, dirigieron sus miradas a éstos.
-¡Harry, cuánto tiempo!- exclamó Neville, muy contento de verlos.
Los cinco estudiantes se juntaron y se saludaron gratamente.
-¿Cómo habéis pasado este verano? Apenas habéis escrito- decía Harry, con mucho más ánimo que antes.
-Bueno, no pudimos escribiros porque... Bueno...- se ponía más nervioso Longbottom.
-El caso es que, Neville y yo, estamos saliendo- confesó Luna con una dulce sonrisa.
-¡Muchas felicidades!- exclamaba Ginny Weasley, bastante contenta.
-Cuánto nos alegra veros así de bien- dijo Hermione, mientras abrazaba a su amiga Ravenclaw.
-¿Os parece si tomamos algo en el caldero chorreante? Llevamos casi toda la mañana visitando tiendas y estamos algo cansados...- rogó Neville, un poco colorado de la confesión que dio su compañera.
A todos les pareció una gran idea y se encaminaron hacia el lugar.
Llevaban un paseo agradable con risas y conversaciones interesantes; por un momento, habían olvidado el caso de los Malfoy.
Pero, para su suerte, se encontraron con un grupo de tres chicas de pelo negro como la noche; con mirada fría y de odio... Quien encabezaba a las dos últimas, era nada más y nada menos que Pansy Parkinson.
-¡Tú, maldito Harry Potter! ¡Por tu culpa, han condenado a Draco Malfoy y a su familia a sentencia de muerte!- decía a voces la joven Slytherin, muy indignada y llena de odio.
Luna y Neville sabían del juicio que habían tenido los Malfoy, pero no estaban al tanto de la sentencia y miraron, con asombro, a Harry.
El joven Potter tragó saliva, no podía darle ninguna respuesta a Parkinson...
-¡Eres un asesino, Harry Potter! ¡Eres un asqueroso asesino!- seguía más indignada.
-¡Ya basta! Harry solo dijo la verdad- salía en su defensa, Ginny Weasley.
-¿A sí? ¡Dime, Potter, ¿Draco te puso una mano encima, alguna vez?! ¡Asesino!- amenazaba ésta, mientras sacaba su barita.
Ginny sacó de su bolsillo su barita y apuntó a Pansy.
-¡¿Qué haces estúpida cría?! ¡Defiendes a un asesino mayor que Lord Voldemort!- seguía enfadada la joven.
-¡No te atrevas a insultarle, Parkinson!- se enfadaba más la joven Weasley.
-¡Expelliarmus!- atacó Pansy Parkinson.
-¡Deletrius!- se protegió Ginny.
La joven Slytherin estaba bastante irritada e iba a invocar otro hechizo en contra de la muchacha pelirroja; pero, en ese momento, alguien interviene en la disputa de ambas estudiantes.
-¡Expelliarmus!- dijo una voz adulta. Éste consiguió desarmar a la joven Slytherin.
Era un mago, de pelo oscuro y atado con una coleta; sus ojos eran negros e intensos; su piel era blanca como la nieve; y vestía con ropas elegantes de color granate y capa púrpura.
Su voz era suave como la brisa, pero bastante robusta.
-Señoritas, si no me equivoco, no podéis emplear ningún hechizo fuera de la escuela- aclaraba dicho mago guardando su barita y con mirada seria.
Nadie sabía quién era este mago y tampoco el por qué intervino en la discusión; pero parecía ser alguien con autoridad.
-¡Ginny Weasley, ¿cómo se te ocurre hacer un duelo? Aún no tienes edad para eso!- gritaba Molly Weasley, cansada de correr hacia el lugar.
-¡Empezó ella!- explicaba Ginny, algo irritada.
-¡Basta! No quiero oír ni una excusa más... No debes emplear la magia, hasta que no tengas la edad y lo sabes- seguía regañándola la señora Weasley.
-Muchas gracias, profesor Reason... Perdone las molestias, aún son jóvenes y...- se excusaba Arthur Weasley.
-No se preocupe, señor Weasley. Yo también fui joven y también me metía en líos. He de irme, vamos señorita Parkinson- concluyó éste, con una educada sonrisa y cogiendo del hombro a Pansy.
Sin saber el por qué, Harry sentía que lo conocía... De algo le sonaba, pero ¿de qué?

HARRY POTTER

LUNA LOVEGOOD, HERMIONE GRANGER Y PANSY PARKINSON

RON WEASLEY Y HERMIONE GRANGER

PANSY, HERMIONE, LUNA, BELLATRIX Y NARCISSA

RICHARD REDFORTH, LUCIUS MALFOY Y STEPHEN PARKINSON
TIENDAS DEL CALLEJÓN DIAGON

CALLEJÓN DIAGON

CALDERO CHORREANTE

TIENDA DE LOS HERMANOS GEMELOS WEASLEY





10. Una oportunidad.

El viaje era algo incómodo, sin embargo, apenas habían quejas. Los truenos menguaron, aunque la lluvia seguía siendo partícipe del día.
En aquel pequeño cupé rojo, los Weasley tenían una mirada seria, pero triste. Es cierto que querían justicia, pero condenar a muerte a los Malfoy no era una solución tan razonable... Ron miraba hacia su ventanilla, meditando o intentando pensar en otra cosa que no le haga sentir culpable. Apenas participó en el juicio, pero sintió como si hubiera votado por sentenciar a los Malfoy a muerte.
Ginny Weasley estaba preocupada, pensando en cómo estaría Harry. Mirando a la otra ventanilla y, en medio, se encontraba la joven Granger.
Hermione estaba cabizbaja y callada. No sabía en qué pensar ni tampoco qué decir... Creía que sería el modo más correcto de sobrellevar las cosas, dejando que pase el tiempo y que pueda poner en orden sus pensamientos.
Sobrevolando en un pequeño carruaje y tirado de dos pegasos, el joven Potter, dejaba caer lágrimas de injusticia mientras sujetaba con fuerza sus manos.
-Harry... Entiendo cómo te sientes, pero...- intentaba animar Dumbledore.
-¡No tiene ni idea de cómo me siento! Sé que, siempre, Malfoy y yo nos hemos llevado mal; pero nunca hubiera deseado su muerte...- se indignaba, éste, llorando de injusticia.
-Podrías haber declarado a favor de los Malfoy, porque decían la verdad... ¿Harry?- dijo el director, un poco preocupado.
-Dije la verdad, pero también dije que no nos habían hecho daño... Quien torturó a Hermione fue Bellatrix y... Ellos solo seguían órdenes...- murmuró el chico, sin apartar su vista del paisaje.
-Siguieron las órdenes de Voldemort, Harry... Pero no han habido indicios de que os ayudaran o que intentaran revelarse en contra de él- explicaba Dumbledore.
Harry no dijo más nada, solo miraba el paisaje y aguantando su indignación.
Los Malfoy siempre fueron despreciables, pero nunca habían sido torturadores ni asesinos.
Ya estaban cerca de Hogwarts y la lluvia comenzaba a disiparse por el grisáceo cielo; pero el frío fue ocupando todo el lugar.
Con éste, comenzaba a aparecer los pequeños destellos anaranjados del atardecer.
Hagrid estaba bajo ambos vehículos y fue dirigiendo el aterrizaje.
Poco a poco, tanto el cupé como el carruaje, fueron descendiendo hasta tocar el suelo.
Ya en tierra, el joven Potter corrió hacia los brazos de su gigante amigo.
-Harry... Vamos, tranquilo- intentaba consolar el guardabosques, mientras abrazaba al pobre Harry que lloraba desconsoladamente.
Todos fueron testigos de este momento y descendieron su mirada.
Hermione se cruzó de brazos y miró hacia otro lado, intentando aguantar su llanto.
Tal vez, lo que le dijo al joven Slytherin, fue justo y necesario; pero tanto como entregarlo en manos de la muerte... No era algo propio del pequeño grupo.
¿Cómo iba a ser sus vidas a partir de ahora? El curso que iba a comenzar, ¿cómo sería sin las constantes peleas y riñas con el chico Malfoy? Solo le habían dado un mes como prisionero en Azkaban y, finalmente, ejecutarían la sentencia de muerte...
Era algo muy duro para todos, aunque no fueran amigos o íntimos, era bastante duro.
En esa misma noche, los tres amigos, estaban en la sala común y sin mirar al otro. No habían dicho ni una sola palabra, aunque fuera de otro tema, no se atrevían a hablar.
-¡No podemos seguir así! Algo podríamos hacer... Aunque no me haga mucha gracia volver a pasar por las humillaciones de Malfoy, pero no puedo dejarlo morir- decidió romper el silencio Ron.
Tanto Hermione como Harry, lo miraron sin esperanza, porque ¿qué podrían hacer?
Era imposible sacarlo legalmente...
-No eres el único que quiere liberarlo, Ron... Pero, ¿qué podemos hacer? Las clases comienzan dentro de poco y aún no podemos emplear la magia fuera de la escuela...- decía Harry.
-Pero, para cuando comience el curso, nos dejarán usarla fuera de Hogwarts, aunque estemos a mitad de curso... ¡Podríamos salvarlos!- interrumpió Hermione, un poco más ilusionada.
-Bueno, ya tenemos algo positivo. Aunque, no será nada fácil... Podríamos jugarnos mucho, Hermione- explicaba Ron.
-Pero no podemos dejar que mueran- insistía Harry, mientras se ponía en pie.
-Está bien, ¿cómo lo hacemos?- cedió el joven Weasley.
-Lo primero, debemos esperar a que comience el curso. Aún tendremos algo de tiempo y, todos, estudiaremos todos los hechizos que podamos- continuaba el joven Potter- todos los que nos hagan falta para esto...-.
-Y también pociones- añadía Hermione, incorporándose.
-Un momento, creo que estamos precipitándonos un poco... No nos hemos parado a pensar qué pasaría si llegamos a sacar un prisionero de Azkaban- se preocupó Ronald.
-Por eso, debemos aprender muchos hechizos y también pociones. Toda ayuda es poca y el tiempo corre, así que, debemos de tomar una decisión. ¿Vamos a ayudar a los Malfoy?- concluyó Harry, mirando a sus dos amigos.
Hermione sonrió y levantó su mano; luego, los dos jóvenes miraron a Ron.
-Está bien...- se animó el joven Weasley con una sonrisa de esperanza.
-Bien, pues vamos a luchar con todas nuestras fuerzas y, chicos, mejor guardarlo en secreto- murmuró el joven Potter.
Todos asintieron y prometieron no revelárselo a nadie.
Sabían que sería muy arriesgado y que podrían ser los siguientes en la lista de prisioneros; pero no deseaban la muerte de los Malfoy, por mucho daño que hayan hecho.
Los tres jóvenes, solo tenían una oportunidad y deseaban aprovecharla al máximo.
Sin embargo, no se percataron de una joven pelirroja que los escuchó de casualidad justo detrás del cuadro mágico.
Era Ginny Weasley. Temía que se metieran en problemas y decidió intervenir en la conversación.
-¡¿Estáis locos?!- exclamó mientras se cerraba el cuadro tras de ésta.
Los tres amigos la miraron con asombro y tragaron saliva, preocupados porque la joven diera la alarma.
-Ginny, ¿no crees que es muy injusto que maten a los Malfoy? Sabemos que hicieron daño, pero nunca más allá- explicaba Harry, mientras se acercaba a la muchacha.
-Sé que es muy duro, pero... Yo no quiero que os pase nada malo- defendía Ginny.
-Entonces, ayúdanos... Todo lo que hagamos, será de gran ayuda- animaba Harry, mientras acariciaba el pelirrojo cabello de la joven.
A la joven pelirroja le costaba asimilar aquella petición. Aunque comprendía lo que quería decir Harry. Es cierto que, los Malfoy, deban pagar por sus artimañas; pero no deseaba una muerte tan cruel. Tal vez, si solo los encerraran en Azkaban...
-Por favor, Ginny...- rogaba una vez más el joven Potter.
Ginny sonrió levemente y asintió con la cabeza.
-Ni yo soy tan rencorosa...- murmuró Ginny, dando a entender su afirmación por colaborar con sus compañeros.
Harry sonrió, abrazó a la joven y le dedicó un pequeño beso en la frente.
-Gracias, Ginny...- le susurraba algo colorado.
Ella lo miró con ternura y sonrió.
-No me debes nada, Harry- finalizó la joven.
-Bueno, bueno... Ya está bien, que me vais hacer vomitar- interrumpía Ron, intentando proteger a su hermana pequeña.
Aunque se sintiese tranquilo porque, Harry, fuera la pareja de su hermana, parecía como si no quisiera aceptar que ella iba haciéndose mayor.
Todos rieron y se sentaron en la sala, continuando en su plan para liberar a los Malfoy.
Aún tenían mucho que decidir; saber dónde esconderse después de salvarlos, conocer los secretos de Azkaban y aprender hechizos nuevos... Mucho trabajo en poco tiempo, pero predominaba la insistencia por luchar y salvar a su compañero Slytherin.
El nuevo curso llegaba y, con él, nuevos retos.

HERMIONE GRANGER, HARRY POTTER Y RONALD WEASLEY

GRANGER, POTTER Y WEASLEY




domingo, 30 de diciembre de 2012

9. Declaración.

Como campanas, los ascensores iban y volvían chirriando, con murmullos de magos y brujas que iban de un lado a otro. En aquel asolado pasillo no se veía a nadie y las voces eran pequeños ecos que retumbaban aquellas paredes oscuras.
Hermione miró su reloj de pulsera y aún faltaban cinco minutos para las seis. La hora exacta en la que comenzaría el juicio contra la familia Malfoy.
Al parecer, todo fue un sucio juego. Una mala acción para una desmerecida recompensa como el perdón de ésta y de todos los demás magos que habían sufrido los intencionados daños que causó la familia Malfoy.
Nunca antes había sentido tanta vergüenza de sí misma como este día. No deseaba ver al joven Malfoy y tampoco dedicarle unas ciertas palabras de amargura; sin embargo, algo de su interior fue creciendo.
Era la injusticia de ver cómo podría regodearse el muchacho de verla tan perdida por un simple beso con truco.
¿Qué sentido tenía sufrir por alguien así? Ya está. Lo había decidido y deseó encontrarse con Draco Malfoy, aunque solo sea para decirle: Ojalá, en Azkaban, te hagan pagar con creces lo que me has hecho.
Sería tan feliz si pudiera decirle esas palabras... Pero, como deseo del destino, oyó una voz reconocible para ella.
Era Lucius Malfoy. Se aproximaba hasta donde estaba la entrada de la sala y, Hermione, no quiso ser descubierta por éste.
Rápidamente, sacó su barita y convocó aquel hechizo que aprendió la semana pasada en uno de sus libros de lectura habitual.
-Haud Veridicus Tempus- murmuró la joven y desapareció.
Se quedó quieta, sin respirar casi... El hechizo solo duraba diez minutos, como mucho y esperó hasta que, Narcissa Malfoy, entrara después de su marido y cerrara la puerta.
No había visto a Draco Malfoy y se extrañó. ¿Acaso no hay juicio contra él, también? 
Se acercó hacia la puerta y pegó, suavemente, su oído para averiguar qué pasaba con el joven Slytherin.
-Ah, señores Malfoy. Pensábamos que no llegarían a venir- dijo Wiggleworth, quien se encargaba del departamento de entrada en vigor de la ley mágica.
-Sentimos mucho el habernos retrasado, señor. Tuvimos ciertos... Contratiempos- intentaba defenderse Lucius, con una falsa sonrisa.
-Vaya, cuánto lo lamento- dijo Wiggleworth, con tono sarcástico.
-¿Y dónde está su hijo, señor Malfoy? Si no me equivoco, en la carta había sido nombrado también, ¿o es que tuvo algún contratiempo?- decía sin mirar hacia éste, ya que estaba leyendo la orden donde especificaba su asistencia al tribunal, tanto la de sus padres como la de él.
-Mi hijo fue un momento al servicio, señor... No tardará- dijo, Lucius, educadamente, aunque estaba muy irritado por el señor Wiggleworth.
Hermione se apartó de la puerta y lo meditó por un segundo.
Estarían ellos dos solos y podría expresarse sin que nadie la interrumpiera. Quizá fuera algo inmaduro, pero quiso ver la cara de Draco y avergonzarlo.
Sin más, se encaminó hacia los baños. A su hechizo solo le quedaban cuatro minutos, pero supo aprovecharlo al máximo.
Finalmente, consiguió llegar hasta el pasillo que llevaba a los baños y sostuvo fuertemente su barita. No había nadie y el silencio reinaba en cada esquina de aquel iluminado pasillo; pero, unos pasos que se acercaban a la puerta de la entrada del baño, alertó a la joven.
Ésta se pegó al lado de la puerta y esperó a ver quién salía del baño de hombres. Para su suerte, era nada más y nada menos que Draco Malfoy.
Llevaba traje y corbata. Los pantalones y la chaqueta eran de color negro; y su corbata era de color azul oscuro. Se veía nervioso y su respiración era algo notoria. 
El chico estaba a punto de empezar a caminar hacia la sala, pero notó un objeto punzante en su nuca.
-Yo que tú, escucharía lo que te tengo que decir, ¡asquerosa serpiente!- se atrevió a decir Hermione, bastante seria y decidida.
Draco no entendía lo que estaba haciendo la joven y, lentamente, fue dándose la vuelta.
El hechizo había desaparecido y pudo ver, con claridad, a Hermione.
-¿Qué haces, Granger? ¿No recuerdas que estoy de vuestra parte?- dijo Draco, mirándola seriamente y procurando no tartamudear. Su corazón empezó a latir fuertemente, sin embargo, pudo mantener la compostura.
-¿Que estás de nuestra parte? Lamento decírtelo, pero no te ha salido bien la jugarreta, Malfoy- dijo la joven, aún seria.
-¿Jugarreta? Estás mal de la cabeza, Granger. ¿Acaso no te lo demostré con el beso?- intentaba defenderse el muchacho, pero era envano.
-¡Lo del beso fue el colmo de tus humillaciones! Ya no me engañarás más con tus trucos y tus mentiras. Por esta vez, no voy a creerte y no pienso ni defenderte hoy- continuaba muy enfadada- Me da igual los castigos que te hagan pasar en Azkaban, ¡te mereces más de lo que te torturen allí! Ojalá experimentes lo que has hecho, Malfoy... Ojalá-.
Draco no pudo creer lo que oía. Tragó saliva y descendió su mirada, sonrió levemente y comprendió que no le habían dado ni una oportunidad para cambiar.
-Si así lo crees, Granger, está bien- concluyó con esa misma sonrisa y mirando a la joven. Sin embargo, solo reflejó vacío en su interior; pero antes de que, Hermione, se diera cuenta, éste se dio la vuelta y continuó su camino hasta la sala.
Ella descendió su barita y suspiró, disimuladamente. Por fin lo había conseguido.
En ese momento, Draco entra a la sala y cierra la puerta. Estaba decaído y procuró volver a poner la máscara de indiferencia y seriedad.
Sin hacer esperar más al señor Wiggleworth, se sentó al lado de sus padres y prestó atención a su primer juicio.
Mientras comenzaba el juicio, la muchacha entró en silencio y se sentó al lado de su pareja, Ron.
Harry estaba sentado al lado de su director, en una de las mesas que daban hacia el estrado y, al lado de éstos, estaban los Malfoy.
Los Weasley y la joven, iban como oyentes, así que, no podían participar en nada de lo que se dijera o mostrara a los que estaban sentados en aquellas mesas.
Harry respiraba fuertemente, pero procuraba disimularlo; estaba nervioso, ya que, aún recordaba su primer juicio en el Ministerio.
Todo estaba como antes y la sensación, era algo parecida, pero no le iban a encarcelar a él; sino a los Malfoy.
-Bien, según algunos testimonios de varios magos y brujas, afirman haberos visto como mortífagos y al fiel servicio de Lord Voldemort. ¿Es eso cierto?- dijo el señor Wiggleworth a los tres posibles culpables.
-Sí, es cierto, señor. Sin embargo, he de decir, que era en nuestra contra... Como comprenderá, temíamos morir en manos de semejante mago y...- se explicaba Lucius Malfoy.
-Ha confirmado la declaración que les he leído, señor Malfoy. Si usted y su familia se sintió obligada o presionada a servir a Lord Voldemort, debía de haber alguien que pueda corroborar esa aclaración... ¿No cree?- interrumpía Wiggleworth.
-Sí, lo sé. Por eso, hemos llamado al señor Harry Potter- aclaró Lucius, algo nervioso.
Harry miró hacia el patriarca de los Malfoy y tragó saliva.
-Bien, pues ahora le ha llegado su turno, señor Harry Potter- decía Wiggleworth, mientras miraba al joven Potter.
El chico asintió con la cabeza y respiró hondo. Tenía miedo de que todo llegara a cambiar y que le culparan a él de todas las atrocidades que se habían cumplido en todo este tiempo.
Pero, su tranquilidad estaba naciendo de él, cuando se acordó de su familia, los Weasley y de su defensor, el director Aberforth Dumbledore.
-Señor Potter, ¿ha sido víctima de la familia Malfoy?- preguntó, mientras miraba a los ojos de Harry.
-Sí... Sí, señor...- tartamudeaba Harry.
-¿Puede decirnos en qué momento?- seguía sin apartar su vista del chico.
-Fue cuando, Voldemort, había regresado... Mis amigos y yo, estábamos huyendo de los carroñeros en los bosques, pero nos capturaron y nos llevaron a la mansión de la familia Malfoy- declaró Harry.
-¿Y, en algún momento, os torturaron o atacaron?-.
-Em... Bueno, cuando intentamos escapar... Lucharon contra nosotros, pero no nos han hecho daño...- seguía nervioso el chico.
-Entiendo. Sin embargo, según esta declaración anónima, a su amiga, la señorita Granger, la torturaron- leía en un pergamino.
-Sí, señor... Es cierto... Fue Bellatrix. Torturó a Hermione, escribiéndole sangre sucia en su brazo...- aclaraba el muchacho.
-Y, la última pregunta, ¿es cierto que, el señor Lucius Malfoy, dejó en manos de la señorita, Ginny Weasley, un horrocruxes?- cuestionó, al fin, mientras miraba a Harry.
-Sí... Sí, señor...- murmuró Harry, bastante nervioso.
-Entonces, ¿diría usted que, la familia Malfoy, actuó en contra de su voluntad?- preguntó, algo desafiante.
-Lo siento... No estoy seguro...- respondió Harry, bajando su mirada y muy tenso. En verdad, le era imposible saber si estaban siendo obligados por Voldemort o no y solo pudo contestar algo así.
-Bien. Pues, en ese caso y dadas las circunstancias, se les declara culpables- sentenció Wiggleworth, ya mirando a los Malfoy.
-¡Esto es un ultraje! ¡No puede hacer eso! Fuimos obligados a servir a Lord Voldemort y, si hicimos todas esas cosas, fue para salvar nuestras vidas- se indignaba Lucius Malfoy, mientras se ponía en pie.
-Señor Malfoy, el señor Potter ha contestado a todas mis preguntas y en ninguna a declarado a su favor. Si hubiera dicho que colaborasteis, para salvarlos de la mano de Voldemort, sería una prueba concluyente de vuestra declaración; sin embargo, no es el caso- aclaraba Wiggleworth.
Lucius Malfoy seguía indignado, pero no dijo nada más y se sentó en su asiento.
-Bien, ya que todo está claro, se les condena a sentencia de muerte...- decía éste, mientras leía otro pergamino.
Draco no dijo nada, tenía su mirada en sus manos que estaban apoyadas en la mesa. Parecía como si no sintiera ni frío ni calor... Le sentenciaron a muerte y no objetó nada, simplemente, lo aceptó.
A ninguno le alegró semejante sentencia y, mucho menos, para la joven Granger.
Por un momento, aquellas palabras con las que despidió al joven Slytherin, se les había clavado como cuchillos en su pecho y sus lágrimas comenzaron a desramarse, en gran medida.

DRACO MALFOY

HERMIONE Y DRACO

HARRY POTTER

ATRIO DEL MINISTERIO DE MAGIA





sábado, 29 de diciembre de 2012

8. El Ministerio de Magia.

La tarde empeoraba, ya que, la tormenta hacía más eco en todo el país; sin embargo, no era ningún impedimento para que se llevara a cabo el juicio contra la familia Malfoy.
Harry había subido al carruaje, tirado por dos hermosos pegasos, y acompañado por el director Dumbledore.
-Perdone, director, pero deseamos ir con ustedes...- dijo Arthur Weasley.
-Pueden acompañarnos si lo desea, señor Weasley; pero he de pedirle, que no intervenga en el juicio... Por vuestro propio bien- murmuró el director.
El señor Weasley asintió con una sonrisa de agradecimiento y llevó a su familia al pequeño cupé rojo.
Hermione iba con ellos, pero apenas había dicho una palabra y, Ginny, se había percatado de esto.
-Hermione, ¿estás bien?- preguntó la joven Weasley, en voz baja.
-Si, perdona... Es que estoy un poco cansada...- respondió la muchacha intentando aparentar normalidad.
Ginny le dedicó una linda sonrisa y no preguntó más.
Ya en el cielo y de camino hacia el Ministerio de Magia, Ron tomó la mano de su compañera y la miró con ternura.
La joven lo miró y le dedicó una tierna, pero preocupada, sonrisa.
-Todo saldrá bien, ya lo verás- murmuró Ron.
-Sí, lo sé...- contestó la joven, en voz baja. Sin embargo, no paraba de pensar en Draco Malfoy. ¿Cómo iba a salir lo que llevaba pensando desde aquella mañana? Temía por los cambios bruscos de su corazón, pero se esforzaba en esconderlo hasta lo más profundo de su ser.
La lluvia se hacía más fuerte y los truenos más constantes, pero no conseguían evitar el camino hacia el juicio.
Finalmente, habían conseguido llegar hasta el centro de Londres.
-Bien, Harry, ya hemos llegado. Toma mi brazo- dijo el director, mientras ofrecía su brazo y sacaba su barita.
-Pero, señor, ¿cómo vamos a bajar del carruaje, si estamos rodeados de muggles?- murmuró el chico, un poco preocupado de la altura tan notable que había entre el carruaje y el suelo de la calle.
-Solo sostén mi brazo y, Harry, cierra los ojos. Siempre suele marearse cuando se viaja por primera vez- concluyó el director.
El muchacho se puso un poco nervioso, pero tomó el brazo de su director y cerró los ojos.
-Aperi Degressus- dijo en voz alta Aberforth Dumbledore e, inmediatamente, Harry y éste descendieron hasta que, sus pies, tocaron el suelo de Londres.
-Ya puedes abrir los ojos, Harry- dijo Dumbledore, escondiendo su barita.
El chico abrió, rápidamente, sus ojos y miró de un lado a otro.
Parecía como si, nadie, hubiera visto lo que acababa de pasar. Habían descendido, velozmente, hasta el suelo y nadie los vio caer del cielo.
Harry miró hacia el cielo y vio cómo desaparecía el carruaje.
-Continuemos- concluyó el director.
Caminaban decididamente hasta una cabina telefónica y, ésta, no había sido olvidada por la mente de Harry.
-Vaya, esta cabina es...- murmuraba Harry.
-Efectivamente. Ya veo que no la has olvidado- dijo el director Dumbledore.
-¿Cuántas entradas tiene el Ministerio, señor?- preguntaba Harry mientras se ajustaba sus gafas.
-Tienen varias entradas... Bueno... Yo solo recuerdo dos. Esta cabina y en una fuente que se encuentra en uno de los parques de esta zona... Aunque no recuerdo muy bien cuál- respondía éste, con una sonrisa melancólica.
-¿Cómo era?- preguntó el chico, mirando a su director.
-Bueno, te acercabas a la fuente con un pequeño puñado de polvos mágicos de duende, los dejas caer en el agua y pronuncias las palabras Ego Sum... Aún recuerdo ese viaje que hicimos Albus y yo...- seguía con esa sonrisa de melancolía.
-¿Siempre se han llevado bien?- preguntó Harry, mientras reflejaba en sus ojos el cariño que sentía por su antiguo director.
-No siempre éramos unos angelitos, Harry. Sobretodo, si hacíamos travesuras con los petardos mágicos- concluyó éste con una risa, al recordar una vez en la que desperdigaron varios petardos mágicos por la escuela.
Harry sonrió y agradeció, interiormente, aquella conversación; ya que, a duras penas, había oído hablar a alguien de Albus Dumbledore.
Al fin había llegado su turno en la cola de la cabina. Eran los últimos y entraron a ésta.
-¿Puedo probar?- preguntó Harry. Sentía mucha curiosidad.
-Claro, solo debes pulsar las teclas tres, seis, cinco y dos- contestó el director, mientras dejaba pasar al joven mago.
Harry descolgó el teléfono y marcó los números que había nombrado su director. Luego, colgó el teléfono e, inmediatamente, la cabina interior fue descendiendo como aquella vez que viajó con Arthur Weasley.
A medida que bajaban, se iba apreciando desde lo alto, el pasillo común del Ministerio y a todos los magos y brujas caminando apresuradamente de un lado a otro.
Finalmente, habían llegado y bajaron de la mágica cabina.
El director no tardó en encaminarse hasta el increíble ascensor y Harry intentó llevar su paso, sin embargo, siempre se mantenía detrás de éste.
Por fin consiguieron entrar en el ascensor, pero vieron a los Weasley correr torpemente; ya que, tropezaban con varios magos.
-¡Por las barbas de Merlín! Nunca había visto este pasillo tan lleno, como hoy...- decía Arthur Weasley, casi sin aliento.
-¿Cómo te encuentras, Harry?- preguntó Hermione, en voz baja y un poco presionada por todos los que habían entrado en el ascensor.
Estaba bastante lleno y moverse era algo imposible.
-Estoy bien, pero... El juicio no es contra mí, sino contra los Malfoy- susurraba Harry, a sus espaldas; ya que, la joven se encontraba detrás de éste.
-¿Cómo? ¿Por qué?- se sorprendía Hermione.
-Fueron seguidores de Voldemort y ellos quieren que yo sea su testigo- seguía susurrando el muchacho.
Hermione no podía creer lo que estaba oyendo, ¿acaso, Draco Malfoy, la había utilizado para que los apoyase? Esta pregunta había herido su corazón, sintió una gran decepción, pero intentó no aparentarlo.
-¿Y qué piensas hacer?- preguntó la joven, aún intrigada.
-No lo sé... Dudo mucho que no desearan servir a Voldemort y que hayan sido obligados por él a hacer lo que hicieron...- susurró el chico, mientras intentaba ver los castaños ojos de su amiga.
-Harry, solo di la verdad- se conformó la muchacha.
Se había resignado y decidió olvidarse, por completo, del joven Slytherin. Había sido engañada y traicionada... Una vez más, había sido objeto de burla para él y no quiso saber nada más de él.
No entendía el por qué, pero sentía un gran dolor en su corazón; pero decidió tragarse sus lágrimas y detestar a Draco Malfoy, como debió de haberlo hecho mucho antes... Sin embargo, una pequeña esperanza, quería nacer de su corazón. Aunque, ella, se negó en rotundo en llegar a ilusionarse por alguien así.
-Lo siento mucho, Hermione...- susurró Harry, que había conseguido tomar la mano de su amiga.
La joven le dedicó una tierna sonrisa de agradecimiento y negó con la cabeza.
-No, perdóname tú, Harry... Os he defraudado a ti y a Ron- confesó la joven, en voz baja y aguantando, como podía, sus lágrimas.
En ese momento, llegaron a su planta y bajaron, como pudieron.
-Harry, no me siento capaz de entrar y ver su cara... Seguro que estará esperando verme hundida y...- intentaba decir la joven.
-Tranquila. Lo entiendo... ¿Quieres que, Ron, se quede contigo?- animó el chico, con una dulce sonrisa.
-No, descuida... Estoy bien- sonrió la joven.
Harry la abrazó y besó la castaña cabeza de la muchacha.
-Harry, debemos entrar- murmuró Ron, mientras apoyaba su mano en el hombro de su amigo.
Harry asintió y le dedicó una última mirada a su buena amiga. Luego, entraron en la sala.
Ron quiso entrar, pero se preocupó por su pareja.
-Ve, Ron. Estoy bien, solo que... Esa sala me trae malos recuerdos- concluyó la muchacha con una dulce sonrisa.
El chico asintió y le dedicó una tierna sonrisa.
-Cualquier cosa que necesites, envíame una nota mágica. Como aquella vez, en casa- finalizó Ron con una risa, al recordar aquella vez que, Hermione, le envió una nota mágica con forma de gorrión.
Ella asintió y vio cómo entraba el joven Weasley en la sala.
Ahora estaba sola y deseó sentarse en un banco que había junto la puerta.
Tenía muchas cosas en las que pensar y, la principal prioridad, era Draco Malfoy.

DRAMIONE

ABERFORTH DUMBLEDORE

HARRY Y HERMIONE

RON WEASLEY Y HERMIONE GRANGER

LUNA LOVEGOOD Y GINNY WEASLEY

MINISTERIO DE MAGIA

LONDRES